Me dediqué a mirar una y otra vez las fotos de Alvarez Bravo. Y no dejo de sorprenderme. Empiezo a entender que Sergei Einseistein lo llamase “el maestro de los ojos”; que Carier Bresson dijera que “Manuel es el verdadero” cuando alguien lo comparó con Weston. Y que André Bretón le encargue la portada de la expo surrealista del ’38.
Manuel Alvarez Bravo es mexicano hasta los huesos y tenemos gente desde el otro lado del mundo admirándolo. Sus inicios autodidáctas le dieron la ventaja de no casarse con ninguna escuela, él mismo decía: “El recuerdo de los intentos que hice en otros campos, me hace comprender que encontré mi camino a tiempo”.
No cayó en la foto fácil, en la foto folcklórica, burda, en la pobreza como estética que fue una tentación de la época.
En las fotos de Bravo siempre hay ironía, nos invita a un juego. Sus fotos son sencillas (todas las grandes fotos son sencillas), pero para nada simples. Tiene la virtud de limpiar la imagen, de resaltar el sujeto. El contexto siempre ayuda, pero nunca compite con el centro. Todas tienen un gran peso simbólico; los símbolos están en todos lados, pero al símbolo hay que señalarlo para que manifieste su potencia. Y lo supo hacer como pocos.
Que las disfruten.
La buena fama durmiendo
Que Cae
Los obstáculos
Que chiquito es el mundo
Lucía
Colchón
Gorrión, claro
Umbral
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